lunes, 26 de junio de 2017

"El baile del diablo" de Javier Sánchez Menéndez


Javier Sánchez Menéndez, como tal, no necesita muchas presentaciones. Editor de la Isla de Sitolá, poeta, ensayista, articulista, será difícil escribir una historia de esta etapa de la literatura española que no incluya su encomiable actividad en todas estas facetas. No es necesario que yo descubra el valor de poemarios como La muerte oculta o Una aproximación al desconcierto. Tampoco es una novedad afirmar que sus libros que analizan las relaciones entre poesía y vida, como El libro de los indolentes, Confuso laberinto o Mediodía en Kensington Park (estos dos úlitmos pertenecientes a la serie Fábula), empiezan a convertirse en lecturas imprescindibles para todos aquellos lectores y lectoras de poesía que buscan un discurso auténtico, una voz que destile una verdad propia.

Sería bueno comenzar, pues, esta reseña de El baile del diablo con un agradecimiento. Por un lado, es una suerte que siga habiendo editoriales que cuiden con tanto mimo la mercancía que producen. Los libros de Renacimiento como meros objetos son ya tesoros de los que desgraciadamente no abundan. Además, la inclusión en su catálogo de poetas de la profundidad de Javier Sánchez Menéndez nos ayudan a sobrevivir en mitad de un tiempo de hastío al que algunos (no sin cierta razón) ya han bautizado como burbuja editorial.

Cualquiera que haya leído a Pessoa o a Fonollosa sabe que, como lector, carece de sentido preguntarse si una obra, un poema, unos versos, son puramente confesionales o, simplemente, están disfrazados con una tonalidad confesional. Para empezar, porque eso que llamamos “yo” está muy lejos de ser una sola entidad y convendría hablar de una multiplicidad de “yoes” que se van sucediendo en el tiempo. Por otro lado, toda poesía tiene un punto de estructura premeditada, de construcción planificada. El lenguaje poético no es el lenguaje corriente con el que despachamos los asuntos cotidianos. Saber encontrar la justa medida de elaboración, de tramoya, de artificio, es lo que diferencia al auténtico poeta del versificador de bodas, bautizos y cumpleaños (dicho sea esto con todos mis respetos) porque, como ya nos advirtió Paracelso, el veneno está en la dosis. Y es, precisamente, aquí dónde radica el mérito de Javier Sánchez Menéndez, capaz de hacer una poesía de apariencia sencilla y con la medida justa de profundidad, de una coherencia absoluta, una poesía que revisa los escenarios de la memoria, los avatares del presente y las prefiguraciones del porvernir sin dramatismos, huyendo del remordimiento con una voluntad de asumir la vida propia sin euforia ni angustia o contrición.

No sé si estaré en lo cierto, pero pienso que el poema EL BAILE DEL DIABLO (texto con que se abre el libro) se empeña en darme, al menos, parte de razón. En él, una voz parece interpelarse a sí misma o, más bien, al sujeto poético, acusádolo de impostor, aparecen palabras como cínico o fantasma y, en su resolución, el poeta nos dice que “ocupamos el lugar previsto” y, además, añade: “No ha sido nunca malo / el hecho de estar solo”. Esta convicción enlaza con una de las ideas centrales de toda su obra (según mi parecer): la necesidad del silencio y la soledad.

Tras este primer texto, comienza LAS CARTAS POR JUGAR, la primera parte del libro, que introducen una cita de Parra y otra de Pound. Si atendemos en su sentido estricto a los versos de Parra, podría parecer, al menos en la superficie, que hay un intento por negar el pasado o, al menos, la vida en la memoria. Algo que podría refutarse cuando se acomete la lectura de algunos de los textos de esta primera parte. P.G.B., MISERIA HOMINIS y BORRADORES, entre otros, parecen estar desgranando ciertos segmentos del recuerdo, aunque con la distancia necesaria, asumiendo los hechos ya pasados y su inevitable inmutabilidad. Los poemas de esta primera parte parecen buscar referencias en una multitud de temáticas donde cabe el amor, la hipocresía, el aborrecimiento de la vida social y ciertos toques de filosofía que quizá solo perciba quien firma esta reseña (a este respecto me parecen relevantes SATANÁS y WAS CLEAN). En BLACK JACK el poeta termina asumiendo una evidencia, en el marco de un lance de naipes. “No he podido plantarme” escribe sin que sus lectores sepamos si fue por convicción o por falta de oportunidades. NANNY comienza marcando el matiz subjetivísimo de la memoria: “Es posible que tú ya no recuerdes”. LIFE LIE dibuja con acierto el punto exacto en el que coinciden las trayectorias de lo trascendental y lo rutinario. Una lectura atenta, por otra parte, puede encontrar sugeridas ciertas dicotomías no evidentes y que, muy probablemente, estén tan solo en la cabeza del lector. Así en DEAD SEA se podría entender que el calor está enfrentado a la verdad y en RECIBO EN LENCERÍA el amor parece contraponerse a la miseria. Para cerrar esta parte del libro, POESÍA esboza una definición de la misma a la que no puede objetarse nada: “telúrico vigor / que nada contradice.”

LAS OBRAS TERRENALES es la segunda parte del libro y está compuesta por un conjunto de poemas que parecen tener una mayor vocación interpretativa o explicativa del mundo, de las vidas individuales y del destino humano. El último verso de STAND BY (poema que abre esta sección) es una clara advertencia del derrotero que irá tomando el libro: “La puñetera sombra de la vida”. PÓLVORA nos recuerda que: “También la luz / posee tinieblas”. VIDA termina con dos versos que tienen cierto sabor al famoso soneto de Lope, pero teñidos de cierta amargura: “Esto es vivir, lo noto / en su mentira.” En MISTERIO, se apunta a una concepción de la muerte como dejar de ser palabra y es esta identificación un evidente acierto lírico, ya que no puede haber muerte que no implique dejar de ser palabra. Después de todo, ¿qué son la memoria y el pensamiento humano sino palabras? Por otro lado, no se descartan en LAS OBRAS TERRENALES otros tonos. Por ejemplo, ES TARDÍSIMO parece recurrir a la ironía para hacer una defensa de lo contemplativo, para impulsarnos a huir del ritmo artificialmente acelerado de los tiempos que corren. MUCHA MIERDA termina con una clara voluntad de reafirmar la propia existencia o, quizás, simplemente, de alargarla en la propia obra (“Este verso dirá / que sigo vivo”). MONEDA parece destacar la imposiblidad de resolver ciertas dialécticas. Incluso, hay lugar en esta sección del libro para el recuerdo de ciertas gamberradas infantiles como las que se aluden en ya citado PÓLVORA, en DOÑA CONCHA y en AVE MARÍA PURÍSIMA.

En LA VERDAD DE LAS COSAS, tercera de las partes de El baile del diablo, la muerte va ganando una mayor presencia, se hace casi palpable. SEMILLAS DE GRANDEZA inaugura este tramo final, recogiendo muchas de las líneas que se han ido sugiriendo a lo largo de todo el libro. La muerte como una realidad imparable, sigilosa, repentina se resume en un verso: “Ya has dejado de ser.” Aparecen también en este texto temas que vienen siendo habituales en otros libros de Sánchez Menéndez, como el valor central de la humildad. “En la humildad habita la verdad” se nos dice primero y, llegando al final del poema, se concluye:

“la grandeza del hombre
es la humildad. Saber
decir que no a la nostalgia.

Somos en la distancia solo nubes.”

En este mismo sentido, regresa en EL DÍA DE MAÑANA aquella nube con forma de poema que ya formaba parte del imaginario de Confuso Laberinto. En esta ocasión, se identifica con la virtud en el cielo. Y aunque en DESCARTE se afirma que la existencia “es capaz de engañar / y mentir a las sombras”, no hay lugar para el engaño. A pesar de que el poema LA MUERTE comienza sugiriendo que ésta “debe ser un espejismo”, poco después se señala cómo la muerte ya se aprehende durante la vida: “Hay un tiempo sin tiempo en esta vida, / la creación del oficio y de la muerte”. Dejar de vivir es un proceso:

“El camino hacia la muerte
es ese instante, el desvelo, la luz
sin anatemas.”


La muerte es un camino unidireccional e irremediable. Por eso, BALANCE cierra el libro con un verso que se convierte en una revelación, una verdad que se comprende y se acepta de forma inmediata: “También vivir precisa de epitafios.”

jueves, 15 de junio de 2017

Entrevista en La Arcadia Onubense

Ya está disponible la entrevista que me hicieron Rafa Núñez y Alejandro V. Bellido para el programa La Arcadia Onubense de Uniradio. Fue una gratificante mañana de radio:

lunes, 1 de mayo de 2017

Muy pronto en Dispar Arte

Ya ha salido la programación de mayo y junio de la Tertulia Dispar Arte. El jueves 18 de mayo estaré por allí con mi libro "Además del llanto" y alguna que otra novedad. Espero encontraros por allí. Si quieres, puedes consultar o descargar la programación completa pinchando AQUÍ.

lunes, 17 de abril de 2017

Lectura

El viernes 21 de abril a las 19:30 estaré en Cafetería Mozárabes leyendo algún que otro poema. Nos vemos allí si os place.


lunes, 9 de enero de 2017

Seis poemas inéditos

He tenido la suerte de publicar seis poemas inéditos en la Revista de Cultura de La Isla de Siltolá y no puedo dejar de expresar mi más sincero agradecimiento a Javier Sánchez Menéndez por contar conmigo para este proyecto. Podéis leerlos si accedéis al siguiente enlace:

https://revista.laisladesiltola.es/poesia/poemas-ineditos-de-enrique-zumalabe/

martes, 20 de diciembre de 2016

Invitación

El martes 27 de diciembre estaré con Miguel Mejía en la Librería La Isla de Siltolá (Sevilla) a partir de las 19:00. Ya que estamos en fechas muy señaladas, os regalaremos un poco de poesía. Y, evidentemente, nos gustaría contar con vuestra presencia.


martes, 15 de noviembre de 2016

El libro de los regresos


Daniel Salguero es un crack. Lo afirmo así, sin rodeos. Y creo que, si fuera futbolista, no habría periodista deportivo capaz de negarle esta condición. Se dice esto de un futbolista cuando maneja las dos piernas, cuando es efectivo en el remate de cabeza, cuando es capaz de aportar tanto en defensa como en ataque, es decir, cuando su perfil no se limita a realizar una función microscópica y limitada, fruto de una especialización excesiva. El caso de Daniel es paradigmático, aunque la fortuna no le haya acompañado siempre en su relación con este caprichoso mundillo de lo literario, con las editoriales y con los premios. Su valía como narrador está fuera de toda dudas y así lo atestiguan libros como La barca está varada, Tersila o Sobre la imperfección de los cuerpos celestes. En cuanto a la poesía, Negación del paraíso, Las horas perdidas, Poemas a Aika Miura o Apuntes para un atardecer en Barzaj hablan por sí mismos, defienden a su creador sin necesidad de una labor crítica o hermenéutica. Incluso se ha atrevido con el teatro. De hecho, Los olvidados es uno de los libros de Dani de los que guardo un mejor recuerdo. A cualquiera que lea esta entrada le resultará evidente que la mayoría de estos títulos permanecen inéditos. No está mal recordar de vez en cuando que, hace muy poco tiempo, vivíamos un momento muy distinto al actual en lo que a actividad editorial y ritmo de publicación se refiere.

También será evidente para cualquiera que lea esto que Dani es, para mí, ante todo un amigo. Y que estos años de amistad dan para contar algunas cosas. Fue por el año 2000 cuando nos conocimos en una tertulia que se reunía en el bar Malacate. Aquella tertulia tuvo constantes altibajos y cambios de sede. Solíamos afirmar en broma (aunque en mi caso con cierto temor a que no fuera tan descabellada la idea) que todo bar o cafetería que eligiéramos para reunirnos acabaría quebrando a corto o medio plazo. Si nos dejamos guiar por la conjetura, contribuimos al cierre de, al menos, el Malacate, el Croxam (creo que se escribía así), el Ottawa, el Zorba y uno cuyo nombre italiano no consigo recordar (seguramente se me quede en el olvido algún que otro malogrado local). Por otro lado, tuve la suerte de colaborar con Dani en la última etapa de la revista La Cinta de Moebius y en el nacimiento y desarrollo del proyecto Psiqueactiva. Después de estos antecedentes, a nadie le extrañará que afirme que, cuando supe que Ediciones de la Isla de Siltolá iba a publicar El libro de los regresos, sentí una gran alegría.

El libro de los regresos es un documento fronterizo, un cuerpo que se mueve con una habilidad indescifrable entre dos polos definidos con precisión: la derrota y la esperanza. Porque nadie puede negar el carácter de derrota que caracteriza a la existencia. Y, así, Dani Salguero nos muestra cómo la extrema belleza de un libro, que nos hizo llorar, puede ser fulminada por el tiempo. El poeta nos hace conscientes de las condiciones de nuestra vida, una vida que se desarrolla en desiertos “que separan al individuo de la persona”, una vida en la que la tristeza es consecuencia de un proceso de aprendizaje y, por si fuera poco, está “injertada en nuestros genes por los amos, los lobotomizadores sonrientes de la ventana de los suicidas.” Todo parece estar manchado por esa sensación de asfixia existencial: el reloj de la tarde funciona con un mecanismo de cansancio, se puede sentir nítidamente “la certeza de la pérdida de esas cosas que nunca hemos tenido” y, por ello, “es necesario, más necesario que nunca, huir hacia ninguna parte... Deshabitar la conciencia, apaciguar el alma”.

Y, sin embargo, hay un atisbo de esperanza: la esperanza de alguien que conozca el rumbo y nos guíe, el vértigo de saber que la vida entera cabe en un solo instante. Porque el tiempo puede aún conceder una tregua, porque se puede encontrar la voz capaz de renombrar las cosas, porque (aunque solo sea de forma momentánea) podemos experimentar la sensación de “que huye el tiempo y las horas nos temen... Ahora que somos más que dioses y la doble negación de un verso nos reafirma.” Es en la otredad complementaria y específica del amor, en la presencia del cuerpo amado, en la promesa de su desnundez, donde se puede hallar la manera de “caminar limpio de miedos, dudas y tristeza.”

Escribir poemas no deja de ser una labor de construcción de un discurso, una forma de conocimiento, un modo de interpretar la realidad. Por ello, celebro los libros que me hacen consciente de ciertos hallazgos semánticos o que reafirman aquellos que tengo como verdades innegociables. El libro de los regresos es una buena muestra de lo que quiero decir. En él, el rol del poeta que se propone de forma implícita no es el de juez (un error frecuente en quienes escriben desde la soberbia). El poeta no puede dejar de ser lo que, en las Ciencias Sociales, se llama un observador participante: “jamás volverán, porque han muerto... están muertos y no lo saben, y no lo sabemos...” A medida que leemos, descubrimos que regresar y volver son verbos mentirosos: “El horizonte sólo tiene un rostro y nos miente con su imposible canto de regresos.” Y, aunque fuera remotamente posible, volver nunca es una garantía, no supone jamás un verdadero regreso. Como apunta el poeta con lucidez, los lugares del pasado, cuando no confundimos el camino de regreso, son la constatación de lo que el tiempo nos arrebata: “Están ante las ruinas de todo cuanto perdieron y creen haber recuperado lo que les ha arrebatado el tiempo.” ¿Y la memoria? ¿Qué podemos decir de la memoria? Espero que me disculpen la osadía, pero me atrevo a dar una respuesta: como todos sabemos o deberíamos saber, nuestra memoria es una reconstrucción que se actualiza y se modifica cada vez que narramos un recuerdo.


No se agota el dominio de esta obra en los simples comentarios que suscribo. Compuesto por poemas en prosa, su lectura va descubriendo imángenes, sugiriendo asociaciones, obligando al lector a desplegar sus pensamientos y revisarlos. Cómo no sentirse impelido a repensar el propio sistema axiológico cuando leemos que el olvido es la única patria posible y verdadera, que la luz vacía es el verbo con el que se expresan todas las cosas, que el amanecer nos hiere al pronunciarnos, que el tiempo es siempre la enfermedad, nunca una cura. Sí, no quiero que pase desapercibido: El libro de los regresos está construido con poemas en prosa y con un respeto absoluto a una tradición no siempre valorada de la forma en que se merece. Daniel Salguero ha sabido aprender las lecciones de maestros como Charles Baudelaire, Julio Cortázar y Francisco Umbral. Supongo que habrá quién siga atreviéndose a discutir la posibilidad de que puedan escribirse poemas en prosa. Es muy libre de hacerlo. Pero antes le sugeriría que hiciera una visita al Cementerio de Montparnasse y al Cementerio de la Almudena, le recordaría que, de cuando en cuando, conviene mostrar un mínimo de respeto.