lunes, 28 de mayo de 2012

Volver


Tengo un amigo que, cierto día, ganó el premio Eladio Cabañero y fue publicado en Algaida. No sé hasta qué punto puedo ser imparcial en esto, probablemente, ni siquiera lo intente, pero creo que Volver de Miguel Mejía es un conjunto de poemas muy recomendable. No voy a hacer afirmaciones usando palabras grandilocuentes como mejor o imprescindible, aunque sí puedo decir sin ningún tipo de temor que es uno de esos libros que genera satisfacciones al lector y que deja la tranquilidad de conciencia de saber que sigue siendo posible hacer buenos poemas a pesar de que ya todo parezca estar escrito. Estamos hablando del año 2004 (algo ha llovido, aunque no tanto como quisiéramos) y un jurado honrado y valiente premia un conjunto de diez poemas, en general, de gran extensión, con un peso importante en las propuestas formales y con un planteamiento serio en la semántica. Saltando por encima de toda esa tendencia fácil del mínimo esfuerzo, que se dedica a adular y sobrevalorar poemas sobre biquinis y alegorías que identificaban la lucha de clases con la ubicación céntrica de supermercados franquicia, se apuesta por alguien a quien le gusta la poesía y la respeta y no se dedica, simplemente, a aprovecharse de ella para adquirir un status de artista de vanguardia que no puede alcanzar en cualquier otra disciplina porque no dispone del talento suficiente, ni del esfuerzo y la paciencia que se necesitan para labrarse cierto oficio. La poesía, como ya se sabe, es cosa que a nadie importa por ser un dominio de blandos e incautos y los premios entregados con criterio son un empeño vano e inútil.
Dejando a un lado esta burda ironía, quiero esta tarde recordar el quinto poema del libro que, como el resto, no tiene un título que lo identifique. Es el poema más corto de la colección y plantea una reflexión que, a los que conocemos a Miguel, no nos resulta nueva: el paralelismo entre realidad y ficción, vida y literatura, la biografía personal de cada uno de nosotros y el libro como figura redentora. No sé si este es el orden cronológico de escritura, sin embargo, antes de la lectura de Volver, yo había leído un relato de Miguel sobre un escritor viejo, en horas bajas, que fantasea con la posibilidad de morir sepultado entre libros, después de pasar la escasa vida que le queda por delante dedicándose en exclusiva a la la lectura. También recuerdo algún poema en prosa donde el paisaje urbano se llenaba de ecos de lecturas fundamentales, grandes clásicos de la literatura, algunos de ellos libros de juventud inolvidables. En el quinto poema de Volver, en cambio, se plantea una versión que reformula aquel aforismo que había planteado Cioran como título de alguno de sus libros, en lugar de la tentación de existir se lanza la idea de la tentación de suspender la existencia. Miguel se pregunta, probablemente influido por aquella declaración de Gil de Biedma en la que afirmaba querer ser poema y no poeta, si no sería mejor vivir nuestra historia personal como si fuéramos un libro. Para ello, se lleva al lector a la ambientación típica de una situación de lectura: la estantería, el sillón, la luz de una lámpara, los ratos indefinidos paseando los ojos por avenidas de páginas. El poema no especula y expone el punto decisivo, el nudo o el momento en que éste se desata, en la segunda estrofa, cuando la situación de lectura conecta con la propia vida del lector en esos momentos tan reconocibles en que parece que la novela no avanza pese a nuestro esfuerzo anticipatorio. Porque es en esa sensación de tiempo detenido cuando “la historia que no avanza” activa el interruptor del componente emotivo de la memoria y se convierte, casi, en un deseo la necesidad de pensar en la propia experiencia como una ficción y, llegando más allá, una piel de serpiente que puede dejarse atrás para ser, al fin, otro, una versión renovada. Y aquella piel antigua sería como el libro que adoramos, ese que solo vive cuando lo tomamos entre las manos y nos entregamos a la conciencia de resucitarlo, contando, además, con esa tranquilidad que proporciona saber que podemos olvidarlo de nuevo en la estantería, abandonarlo “al dulce anonimato y el polvo que nos cubre / como una fina capa de inconsciencia”. Supongo que no es difícil imaginar el final, que es la propia condición de charco emocional que tiene el ser humano la que nos hace comprender que estamos ante una fantasía, una de esas que nos embriagan pero que nunca seríamos capaces de cumplir. Después de dibujarnos la posibilidad de que fuera suficiente la vida o la memoria como un libro, Miguel nos aclara con contundencia en los dos últimos versos que la realidad es otra: “podría ser suficiente pero siempre / prefiere uno el dolor”.

Con el permiso del autor, os facilito el poema para que saquéis vuestras propias conclusiones:

V



podría ser suficiente, a ciertas horas
sentarse en un rincón, dejarse iluminar
por una luz que al tiempo delimite
y aparte nuestro cuerpo del resto de la casa

podría ser suficiente un libro como excusa
las páginas que nunca se suceden
la historia que no avanza y permite a la memoria
irla pacientemente completando

y entonces qué placer tan repentino
delante de los ojos nos arrebataría
las vidas que no fueron nunca un sueño
con qué facilidad se irían desgranando

aquellos cuerpos viejos, algunos despertares
en camas empapadas, el rugoso
rodar de un tren, la huida, los pasos que nos llevan
atrás, hacia nosotros, la imposible

y muda voz, que gira temerosa
a punto de apagarse, los mapas, las señales
vacías, los papeles naufragados
el nombre que pronuncio y el nombre nunca escrito

con qué satisfacción iríamos renunciando
a todo, hasta dejarlo hecho una historia
y no sería extraño, al cabo de los días
bajo esa misma luz, en ese mismo

rincón, haber logrado finalmente
el hábito de creer que todo fue ficción
y ya no somos más ese que fuimos
ese que resbalando se pierde sin remedio

podría ser suficiente, después, la estantería
las luces apagadas, el regreso
al dulce anonimato y el polvo que nos cubre
como una fina capa de inconsciencia

podría ser suficiente, pero siempre
prefiere uno el dolor

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